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Una mirada hacia la implementación del IoT: Amarás Internet por encima de todas las cosas

En un contexto en el que casi todo forma parte de un complejo sistema interconectado, el Internet de las Cosas parece haberse convertido en un primer mandamiento que rige nuestras vidas. En este artículo tratamos de arrojar luz sobre este concepto, desde cómo funciona hasta los marcos que regulan este ecosistema y su presencia en España. Por Nerea Méndez Pérez

Foto de Freepik

Cada vez que alguien menciona el término Internet de las cosas (Internet of Things, habitualmente denominado por sus siglas en inglés IoT), automáticamente pienso en la Ultrahouse 3000 de Los Simpsons. Se trata de una casa automatizada y equipada con todo tipo de herramientas de alta tecnología, que incluye un sistema de voz y de cámaras distribuidas por todas las puertas del hogar (culmen del panóptico foucaultiano).

Este sueño futurista se convierte en pesadilla cuando el ente robotizado con la voz del actor Pierce Brosnan –a elección de Marge–, se enamora de ella e intenta por todos los medios borrar de la ecuación a Homer. Esta distopía de humanos versus máquinas, cuya aparición por primera vez en televisión se remonta a noviembre de 2001,no se parece a nuestra realidad –por mucho que Alexa también pueda responder con la seductora voz de Brosnan–, pero nos acerca al concepto que nos ocupa en este artículo.

Una primera aproximación que nos ayudará a entenderlo es: “todo lo relacionado con la conexión a internet de aparatos y objetos que no sean ordenadores”. Cuando hablamos de Internet de las cosas nos referimos al proceso que permite que diversos aparatos se conecten de manera autónoma a la red, sin la intervención de sus usuarios.

El IoT a menudo se equipara con electrodomésticos y bienes de consumo, como los coches inteligentes, las ropas tecnológicas (wearables), las aspiradoras, los televisores o monitores para bebés. Digamos que una de sus preocupaciones iniciales era dotar de conexión a objetos tradicionalmente pasivos.

Desde hace unos años, la incorporación de dispositivos hardware específicos o sensores inalámbricos ya no se limita al ámbito doméstico, ha llegado hasta grandes infraestructuras públicas como puentes o autopistas. Incluso, más allá de la conexión de las personas con esos objetos puede también conectar a animales, como sucede en determinadas explotaciones ganaderas.

Historia del IoT

El término Internet de las cosas fue acuñado por primera vez por el británico Kevin Ashston en una presentación llamada That ‘Internet of Things’ thing, que realizó en 1999 para la multinacional Procter & Gamble. Durante la intervención explicó las posibilidades de un sistema en el cual los objetos en el mundo físico podrían conectarse a Internet mediante sensores para automatizar la recogida de datos.

Ashton destacaba que, hasta esa fecha, la información en la cadena de suministro de bienes se facilitaba de manera manual a las empresas, por lo que eran comunes los retrasos y los errores. Como alternativa, él planteaba que, si esos datos provenían directamente de los objetos, entonces se podría realizar un seguimiento en tiempo real de su utilización, su vida útil, la necesidad de aprovisionamientos o su estado de funcionamiento. Y una cuestión aún más importante: su aplicación se traducía en aumentos de la productividad y reducción de costes.

Aunque no existe una única definición del concepto, una de las más extendidas es la propuesta por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), organismo especializado de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), según el cual el IoT es “una infraestructura global para la Sociedad de la Información que permite servicios avanzados interconectando cosas –físicas y virtuales– basadas en tecnologías de información y comunicación interoperables existentes y en evolución”.

¿Cómo identificar un dispositivo interconectado?

Como personas consumidoras, nos encontramos frecuentemente con este tipo de dispositivos, por lo que uno de los principales desafíos es identificarlos y saber cómo funcionan para preservar nuestros derechos en su consumo y utilización. Las interacciones más comunes se reducen a cuatro tipos.

La primera es la tecnología biométrica, que se encuentra en máquinas que identifican las huellas dactilares, el iris o la cara de un usuario para permitir su acceso; pero también reconocen la voz, como los dispositivos Echo o Alexa. En segundo lugar, están los aparatos que funcionan mediante contraseñas, como la Smart TV, donde al registrarnos damos autorización para la interconexión entre el dispositivo y nuestros datos (tipo de contenidos, horario de uso…).

La geolocalización es otro ejemplo, usada por los relojes inteligentes (smartwatches) para determinar nuestros movimientos y medir así el número de pasos que realizamos. El último de los casos más comunes son las tarjetas, como las de fidelización de las grandes superficies, capaces de monitorizar las tendencias de consumo para enviar las ofertas más adecuadas a cada consumidor.

Desafíos y riesgos

Como explica Moisés Barrio Andrés (2018) en su libro Internet de las cosas, éste tiene el potencial de crear nuevos modelos de negocio y procesos de gestión en distintos sectores de la economía, desde la agricultura hasta la investigación científica de vanguardia, así como la ventaja de ofrecer oportunidades a los ciudadanos, las empresas y las administraciones públicas. Con todo, Barrio también advierte de que “plantea un buen ramillete de nuevos desafíos legales, fundamentalmente en la protección de la intimidad-privacidad”.

En Los riesgos del Internet de las Cosas, María Cristina Rosas González elabora un cuadro de los peligros que se pueden derivar del uso del IoT. Uno de ellos es el menoscabo de la intimidad y la privacidad. Los artefactos inteligentes precisan cierta información personal para operar, lo que puede ser un arma de doble filo si alguien obtiene esos datos personales y los emplea con otros fines. En este sentido, la autora recuerda las distintas revelaciones sobre el espionaje en Internet perpetrado por el Gobierno de Estados Unidos que se sucedieron hace unos años.

Otro de los riesgos que se señala en el artículo es la impredecibilidad y la consecuente desprotección que se deriva de ella. La mayoría de predicciones pesimistas en torno a esta cuestión se han abordado en el terreno de la ficción (ejemplo de ello es el comienzo de este artículo con la mención a un episodio de Los Simpsons), pero Barrio señala que ya se percibe una pérdida de iniciativa en las personas y un desplazamiento de la autonomía hacia las cosas.

Debido a que los sistemas de IoT recopilan datos sobre las rutinas diarias y los patrones de consumo de los individuos, las campañas de ataque pueden ser también más potentes. Así, Rosas alerta de la utilización de ciberdelitos y ciberataques.

Ante este cuadro de posibles peligros, cabe preguntarse por la gobernanza de Internet, una cuestión sobre la que también reflexiona Barrios: “Hay que repensar el papel de los Estados, no solo como garantes de las infraestructuras necesarias para Internet, sino también como gestores y participantes activos mediante políticas educativas, regulaciones o sanciones”.

¿Existe un marco jurídico y de regulación?

En un contexto de aumento del teletrabajo, del número de dispositivos conectados y de mayor digitalización en sectores más tradicionales, la necesidad de una norma que proteja los ecosistemas IoT emergentes se ha hecho más evidente. El pasado 10 de diciembre de 2024 entró en vigor una propuesta presentada por la Comisión Europea para mejorar la seguridad de los dispositivos a nivel de hardware y software. Bajo el nombre de Ley de Ciberresilencia, se trata de la primera norma de la Unión Europea que establece requisitos obligatorios de ciberseguridad para los productos que incluyen elementos digitales.

Con el foco puesto en la protección de consumidores y empresas, el reglamento tiene por objetivo fijar una serie de condiciones que permitan el desarrollo de productos con elementos digitales confiables, garantizando que se comercialicen con menos vulnerabilidades y que los fabricantes apuesten por la seguridad.

Estos últimos disponen de un plazo de hasta 36 meses desde la entrada en vigor de la norma para adaptarse a su cumplimiento. Asimismo, los productos que fabriquen deberán ostentar la marca CE para demostrar su conformidad con los nuevos requisitos.

Aunque la aplicación plena no se producirá hasta diciembre de 2027, algunas disposiciones, como la notificación de vulnerabilidades, entrarán en vigor el año que viene: desde el 11 de junio de 2026 lo relativo a la notificación de los organismos de evaluación de la conformidad y desde el 11 de septiembre lo relativo a las obligaciones de información de los fabricantes.

Presencia del IoT en España

Según el último Mapa del IoT en España elaborado por UnaBiz en 2024, el podio con mayor penetración de estas conexiones lo encabezan la Comunidad de Madrid con un 37% de las implantaciones, le sigue Cataluña con un 13% y en tercera posición se sitúa Andalucía con el 11%.

UnaBiz, integrador y proveedor global de servicios de IoT masivo, analizó en este informe el total de dispositivos conectados a su red OG Sigfox, desplegada en el 80% del territorio y que abarca un total de 5.444.908 dispositivos.

En comparación con años anteriores, el estudio muestra que la brecha entre las comunidades autónomas se está reduciendo gradualmente, sobre todo por debajo de ese top 3. Algunas regiones como el País Vasco (5,32%) han experimentado un crecimiento rápido, recortando la distancia con las Islas Baleares, que cuenta con un 5,56%.

A su vez, se observa un significativo aumento en Galicia, que ha pasado del 2% al 2,66% de dispositivos conectados. Aunque la verdadera sorpresa proviene de Ceuta, donde se advierte un crecimiento del 1% al 1,87%, superando a La Rioja (1,20%), Extremadura (0,98%), Asturias (0,94%) o Canarias (0,79%).

Además de su presencia por comunidades autónomas, ¿en qué sectores se percibe una mayor aplicación? El informe también responde a esta pregunta con datos que señalan que casi un 40% de esta tecnología se utiliza en logística (37,84% en total), un 25,61% en agricultura y ganadería, y un 18,75% en eficiencia energética.

Según el Managing Director de UnaBiz España, Manuel Álvarez, el estudio refleja que “el IoT está dejando una huella significativa en todo el país”. Se puede ver en el “liderazgo ejemplar de Madrid y Cataluña”, continúa Álvarez, pero también en el “sorprendente crecimiento de regiones como El País Vasco y Galicia”.

Así, viendo los sectores donde se implanta esta tecnología en España y la hoja de ruta de las normas que se empiezan a impulsar desde la Unión Europea, todo parece indicar que el futuro del IoT en el marco europeo se está construyendo sobre pilares de seguridad, productividad y sostenibilidad.

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